El Color del Tiempo
Secuencia Histórica de la Península de Baja California Sur
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Víctor tiene ojos que ven grande. Ve la realidad y la magnifica, la fotografía, claro, busca la exactitud pero con su pincel los niños y los adultos adquieren otras proporciones. Los cabellos de mujer, las esferas, las manos, los pies y las cabezas entran a un mundo que los convierte en fenómenos. Sus paisajes agrietados y vacíos, la arena compacta de sus suelos, tienen algo de Salvador Dalí y De Chirico.
Víctor Cauduro Rojas tiene en los ojos la eternidad del eterno ¿por qué?. De repente parece que no le basta la apariencia primera de las cosas y se acerca demasiado para verlas mejor. Como sabe que no habrá respuestas, pues las suyas son preguntas acerca del tiempo y del origen de la vida, toma el pincel en un intento de contestarse a sí mismo y le da un color y una forma a sus sueños que a veces son atroces como el de la “Lluvia ácida”.
Así como Frida Kahlo pintó su columna rota o su lomo de venado atravesado de saetas, así con los mismos colores vívidos, con los azules que recuerdan el azul añil de las casas mexicanas, Víctor detiene el tiempo y lo ahueca en sus mujeres rotas y vacías como maniquíes, en su metamorfosis verde de herrumbre y de salitre, enmohecida por la acción del agua de mar, en sus imitaciones de un cristo fragmentado, ganado por la prisa. Sus instantes detenidos parecen cobrar vida y nos hieren por lo que tienen de inexorables.
Vivir en el extremo sur de Baja California, donde el mar y el desierto se hermanan, le ha conferido una constante a su obra: la de la arena y el agua. Su pintura, definida por los expertos como neo-surrealista, como si de un momento a otro el mar se saliera del cuadro e inundara la galería,
nos muestra una técnica seguramente perfecta, y he allí el único pero que le pongo; preferiría una mayor fragilidad, una duda, una pregunta sobre sí mismo y sobre el universo. Me pregunto si no lo desearán también esa mujer que crea el mar a partir del desierto, o la otra que ya perdió su cabeza y abre las piernas dándose para que exista la humanidad. ¿Seremos así todas las madres? ¿Damos a luz y perdemos la mitad de nuestro cuerpo? ¿Es el parto un aullido en un páramo inmenso en el que el desierto y las montañas son testigos sin misericordia?
En la Secuencia Histórica del pintor, que se inicia en la época de las cavernas y prosigue con las misiones evangelizadoras de Baja California que se calcinan bajo el sol, el turista ve pasar ante su cámara digital no sólo el tiempo y su prisa sino toda la historia Americana, como si ésta pudiera confinarse a un reloj Swatch cuyo tic-tac se ha vuelto inaudible. La ve como una instantánea que más tarde pegará en su album fotográfico. Sin embargo, la sangre está allí, bajo la arena y las cactáceas, sobre esa sangre corren las ruedas del automóvil último modelo rojo-sangre, y tintinea su alegría el inmaculado carrito de paletas Michoacán, lo mas nuestro en este mundo de cristal-plástico ¡Ay México lindo y querido! Víctor lo amplifica y lo rompe, le revienta el dorso y los pies, le rompe la piel, su pincel es un estilete, separando su rostro del cuerpo crucificado ante el cual la prisa se come a tres hombres de idénticas facciones.
Pintura cruel, la de Víctor Cauduro Rojas; nos hiere y por eso mismo se queda en el fondo de la memoria.